martes, 12 de diciembre de 2017

Ciencia doméstica: Acuario (I)


(A cuatro manos con la poeta Gracia Aguilar, hija de una virtuosa astróloga.
Que nos perdonen Kant, Hegel y Javier Marías.)


El Sol astrológico sustenta el símbolo de la manifestación pura del ser en el mundo. La proyección ideal del vivir. De algún modo también está vinculado con la figura paterna: con la acción genésica de la paternidad y con la consiguiente responsabilidad de ser quienes somos, quienes estamos destinados a ser sin cargar con el lastre del simulacro (libradme de este yo que me suplanta[1]). El signo solar, además, coincide siempre con el comúnmente entendido como signo astral, en este caso Acuario[2].



La Luna astrológica sustenta el símbolo del universo emocional, es decir, de las reacciones temperamentales dadas con anterioridad a cualquier ejercicio de razón. En Luna también están representados los estadios iniciales de la infancia y los primeros actos de percepción de una conciencia despierta, antes del ingreso en las estructuras sociales y de poder. Mi luna, según el diagrama, está en Virgo[3].
El Ascendente astrológico viene dado por el lugar del amanecer en el momento del nacimiento. En mi caso, a las 10.00 a.m. Es el símbolo de  las primeras impresiones, de la primera huella dejada en el Otro. Mi Ascendente está en Aries, que es el primer signo del calendario astrológico, el iniciador. El ímpetu y la fuerza rigen este signo. Vinculado con la razón instintiva, con la intuición desnuda, con la supervivencia, con el ego impaciente e inocente del niño. Dicho apasionamiento, el de la llama primigenia, el de lo iniciático y lo inédito, trae consigo muchas veces la confrontación directa con el Otro. Hay cierta oposición paradójica entre la Luna en Virgo, voluntariosa y altruista, y el Ascendente en Aries, dominante y líder.






















[1] Paráfrasis de un verso de Caballero Bonald.
[2] El potencial de Acuario termina en la transmisión luminosa de conocimiento, en el carácter admirablemente inspirador e infinitamente moderno. El instinto, la anticipación y la agilidad intelectual son sus cualidades destacadas, cuyo exceso supone una fuente imprevisible de angustia y desencanto.
[3] La Luna en Virgo significa pulcritud, preocupación compulsiva por un orden de unidad, que en la madurez se manifiesta con un sentido casi dogmático de la moral. Esto podría entenderse con Lacan: una prolongación obstinada del orden imaginario ante la realidad, el ser deseando seguir reconociéndose como Uno, igual que el niño ante el espejo. Aquí hallamos una de las divergencias principales de Acuario con su opuesto, Leo, cuya idea de la moral es incompatible con el tránsito y la entropía de lo real, siempre cambiante, ambiguo y coloreado en tonos grises. Leo solo entiende la moral dentro de su utilidad legisladora, mientras que para Acuario la imaginación moral es una de las formas primordiales de coherencia intelectual.

Un poema de Verónica Aranda


BÚSQUEDA

Yo buscaba en tu cuerpo las guirnaldas de ser,
la senda de granados repoblada
con las ardillas grises del silencio,
algún poniente malva
o aquella decisión a corto plazo
que se va meditando en los caminos.


(De Cortes de luz)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Icarus

       
             Toda intuición acerca de la naturaleza de los pulsos o signos particulares a nuestro tiempo y de su relación crítica con el sentido de la escritura resulta equívoca. Al respecto podemos señalar dos márgenes: por un lado la idea elotiana de la excelsitud literaria, que según el autor debiera alcanzarse desde la intersección de lo intemporal con el tiempo mismo, negándole magnitud histórica al discurso creativo (su tempo vendría dado por la memoria individual, pero su tiempo no existiría); por otro, toda la Estética de la Recepción de Jauss, que postula el carácter dinámico y cambiante del gusto y por tanto la mutación continua de las exigencias y paradigmas de la norma estética. El desmantelamiento del valor conceptual absoluto de los mitos y la sublimación de lo pop nos aproxima acaso más al segundo que al primero, fundado en un humanismo delicadamente elitista. Así nosotros, a pesar del evidente riesgo de incurrir en abstracciones peligrosas, podemos estar seguros hoy de que la posmodernidad ha neutralizado definitivamente cualquier pretensión de solemnidad, desplazando 'lo legítimo' hacia el empleo de una autoironía más o menos escéptica. Lejos quedan los dramas poderosos, los héroes trágicos, el humanismo divino: el intérprete sensible de nuestros días ya no lo es tanto, más por agotamiento y congoja que por voluntad (pienso ahora en la palabra testigo como alternativa). En un ejercicio arriesgado de autoconciencia, transustanciamos lo vivido en observado sin otro propósito que flanquear cualquier paroxismo (lo que en el ideario de Eliot equivaldría a un sistema dogmático). Habría que preguntarse de qué nos priva esta costumbre. Decir de la verdad supondría un sofisma, dado que el escéptico contemporáneo no la niega sino que reconoce ignorar si existe. Sería más preciso decir que nos acerca al simulacro, a la enfermedad de no saber estar enfermos, algo que representa muy bien el cinismo neoliberal: lo razonable es únicamente lo que conviene, el hecho en sí no tiene importancia ninguna. Huyendo del dogma abrazamos una ligerísima frivolidad. Al fin y al cabo, todo esto responde a uno de los dilemas más hondos de la metafísica, que siempre aflora con más fuerza en ese clima inhóspito llamado incertidumbre: el problema de la identidad, de los vínculos del yo con el lenguaje y con la realidad. La ausencia de un centro, de una zona significativa en la estructura del sujeto que interpreta, impide un hecho de discurso unitario, abriendo posibilidades nuevas en lo imaginado y en lo comunicable pero cerrándole el paso a una crítica profunda sobre la moral -única ciencia verdadera, la del pensamiento- que se confunda con el mero hecho de vivir. Porque, ¿qué hace a lo largo de su obra un poeta sino es construir un sofisticado sistema metafísico a partir de sus obsesiones? Tiempo que se blinda contra las categorías, siendo toda actitud filosófica categórica por deber y toda actitud poética filosófica por necesidad. [...]




domingo, 3 de diciembre de 2017

Felicidad

Nada se revistió de tanta gravedad, de tanta gravedad como al instinto hubiera complacido, solo la sensación dolorosa de que el cuerpo estaba de más, de que algo elevado seguía implacablemente la voz del crecimiento y, buscando ocupar el espacio fundado por el deseo, daba con las fronteras de esta prisión de carne. El mismo sometimiento que el de un intérprete, cuando queríamos para nosotros los jardines del pensamiento. Lamentar, como Plotino, el estar en un cuerpo.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Mis aforismos favoritos (I)


El instinto dicta el deber y la inteligencia busca pretextos para eludirlo.
Marcel Proust
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Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje.
Octavio Paz
*
La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad.
Francis Bacon
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El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad.
Denis Diderot
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La fantasía no es otra cosa que un modo de memoria emancipado del orden del tiempo.
S.T. Coleridge
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Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada.
Óscar Wilde
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Jamás viajo sin mi diario. Siempre debería llevarse algo estupendo para leer en el tren.
Óscar Wilde
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La desconfianza en lo evidente: el primer principio del conocimiento.
Miguel Floriano
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A la voluntad de defender a ultranza lo que uno ama yo no lo llamaría voluntad, sino potencia.
Miguel Floriano
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La muerte tiene muchos rostros, pero solo dos nos matan poco a poco: el pensamiento simbólico y el derecho del yo a no ser real.
Miguel Floriano
*
No se trata de poder o no olvidar, sino de hacerlo de la forma menos frívola posible.
Miguel Floriano
*
Hay algo que distingue al temperamento genial: en él la vanidad se transforma en sutil cortesía.
Miguel Floriano



martes, 28 de noviembre de 2017

Un poema de María Alcantarilla


En el artículo publicado hace justo un año en la revista El Cuaderno asociaba la actitud lírica de María Alcantarilla (Sevilla, 1983) –una de las mejores poetas de nuestra quinta, a mi modo de ver–, con una poderosa inteligencia física, entendiendo esta como la facultad de emplear la palabra para abrir mundos, para operar cambios en el esqueleto profundo de la realidad, lo mismo que hacían los antiquísimos chamanes. Al fin y al cabo no se trata más que de explotar astutamente –recojo ahora los guantes de Austin y Butler–, la capacidad performativa del lenguaje, esto es, convertir la cadena sonora en materia perdurable o, lo que es lo mismo, la sintaxis en acción y movimiento. Este estilo la aleja considerablemente de la mal llamada poesía de la experiencia y la aproxima al carácter simbólico-visionario de Claudio Rodríguez.
María acaba de publicar La edad de la ignorancia, un libro espléndido. Dejo aquí uno de los poemas que contiene, ejemplo nítido de la poética descrita.

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DOBLE O NADA

Al destino le gusta jugar a las canicas
y obviar todo el vacío en el que ha de caer,
tarde o temprano.
Maquillar el campo de recreo
de un riesgo persistente,
revolver el pulimento
y competir con dios en cuanto a fuerza.
El destino conoce la partida
pero ignora el poder
de quien distingue su código y lo obvia,
la pujanza de quien sabe combatir
sin reservarse nada para luego,
la astucia disfrazada de imprudencia
de quien sabe jugar y perder todo.